Cecilia Valdés en el Teatro de la Zarzuela

Temporada 2019-2020 del Teatro de la Zarzuela. Funciones del 24 de enero al 9 de febrero.

Cecilia Valdés. Comedia lírica en un prólogo, dos actos, un epílogo y una apoteosis. Música de Gonzalo Roig con libreto de Agustín Rodríguez y José Sánchez-Arcilla basado en la novela “Cecilia Valdés o la Loma del Ángel” de Cirilo Villaverde. Estrenada en el Teatro Martí de la Habana el 26 de marzo de 1932.

Cecilia Valdés: Elisabeth Caballero/Elaine Álvarez. Leonardo Gamboa: Martín Nusspaumer. José Dolores Pimienta: Homero Pérez-Miranda/Eleomar Cuello. Dolores Santa Cruz: Linda Mirabal. Isabel Ilincheta: Cristina Faus. Pedro: Yusniel Estrada. Charito Alarcón: Lilián Pallares: Mercedes Ayala: Amparo Depestre. Adela Gamboa: Paloma Córdoba. Chepilla Alarcón: Rosario Beholi. Dolores: Amara Carmona. Don Cándido: Alberto Vázquez. Don Melitón Reventós: Eduardo Carranza. Doña Rosa: Isabel Cámar. Doctor Montes de Oca. Nemesia Pimienta: Ileana Wilson. Solfa: Nacho Almeida. Señá Caridad: Dayana Contreras. Tirso: Giraldo Moisés de Cárdenas. Amigo: Georbis Martínez. Cuerpo de baile.

Dirección de escena: Carlos Wagner. Escenografía: Rifail Ajdarpasic. Vestuario: Christophe Ouvrad. Iluminación: Fabrice Kebour. Coreografía: Nuria Castejón

Coro Titular del Teatro de la Zarzuela. Orquesta de la Comunidad de Madrid.

Dirección musical: Óliver Díaz

Es la primera vez que se interpreta la Zarzuela íntegra Cecilia Valdés en Madrid. Cecilia Valdés es una perfecta amalgama entre la gran tradición operística centroeuropea, la zarzuela y la música afrocubana donde Gonzalo Roig es capaz de colorear e iluminar cada una de las acciones evidenciando los aspectos psicológicos de cada personaje. Entre todos ellos irán tejiendo una historia de muchas caras en la que salen a flote el oscuro veneno de la esclavitud, la actitud del criollo ante la cuestión de la raza, el impune ejercicio de poder de unos pocos favorecidos por la fortuna, la estirpe y el color de la piel.

Cecilia Valdés está ambientada alrededor de el año 1812, pero en esta ocasión se ha transportado a 1950. La escenografía es un campo de caña de azúcar rodeado por elementos de arquitectura que evocan la ciudad de La Habana. Todo ello envuelto de un espectáculo lleno de vida, de color, de luz y de sensaciones. La puesta en escena de Carlos Wagner funciona a la perfección con gran sentido en la esencia de la obra donde con un mismo decorado, con algunos pequeños cambios según la escena, consigue recrear la historia con total coherencia y entendimiento. Hay un buen trabajo actoral entre los cantantes y los actores con un buen hilo conductor sobre la historia con todos los matices en sus interpretaciones, con un bonito y llamativo vestuario de Christophe Ouvard y una excelente iluminación de Fabrice Kebour.

Gran aportación del cuerpo de baile que le da mucha vida y energía a la representación con unos bailarines muy entregados todos de origen cubano, y que protagonizan momentos muy expresivos como la danza que interpretan de los esclavos.

Los cantantes solistas están encabezados por Elizabeth Caballero que interpreta una Cecilia Valdés sugerente de voz bien emitida con un bonito timbre vocal y que interpreta su personaje con expresividad y entrega. El tenor Martín Nusspaumer interpreta a Leonardo con correción vocal y buena interpretación actoral, al igual que el José de Homero Pérez-Miranda y el Pedro de Yusniel Estrada. Cristina Faus interpreta una Isabel Ilincheta con elegancia tanto vocal como actoral. Destacable la intervención de Linda Mirabal interpretando a Dolores Santa Cruz con presencia y carisma escénico y una gran personalidad tanto en su timbre vocal como en su interpretación. Todos los actores que intervienen en la producción dibujan perfectamente sus personajes con soltura y buena profesionalidad.

El Coro Titular hizo muy buen trabajo escénico, ya que se mezclan en escenas con los bailarines bailando y interpretando con gran naturalidad y un buen nivel vocal. La orquesta sonó brillante y muy bien cohesionada con muy buen trabajo musical de Óliver Díaz en los ritmos caribeños que posee la partitura, dándole todo el carácter necesario a la partitura con grandes contrastes sonoros y musicales creando un ambiente propicio a cada escena, con una dirección musical y precisa.